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Aug 8, 2016

La leyenda de la meiga y la muerte

Hace muchos años, una enfermedad asoló todas las orillas de mis dos mares y nadie podía detenerla. Morían las personas a cientos y ninguna meiga podía  frenar su avance.


La meiga más sabia y guapa de la comarca vivía en un viejo molino, en un lugar perdido en medio de una de las fragas mas frondosas de la montaña más inaccesible y hasta allí acudió una joven madre guiada por su desesperación, con su bebe de pocos meses infectado por la enfermedad.

Cuando llegó a la vieja construcción de piedra la puerta estaba abierta. Dentro la meiga parecía estar aguardándola y recogió en sus brazos al niño que ella le entregó sin mediar palabra y de una esquina un saco lleno de arenilla de piedra lumbre.

Bajaron juntas el camino hacia la playa. La meiga le indicó a la madre que recogiera las cosas que ella iría reclamando a lo largo del trayecto.

A un guerrero le pidió que cortara con su espada una rama pequeña de roble y se la entregara. A otro, una antorcha prendida.


Seguida siempre por la mujer y con el bebe en brazos la meiga alcanzo el arenal.
Construyo un círculo con piedras y cubrirlas con la piedra lumbre.

En medio del círculo la meiga, sostenía con una mano al niño que agonizaba apretado contra su pecho y en la otra la rama de roble. Con la mirada atenta vigilaba el camino del Norte. Sabía que por ese camino tenía que llegar la muerte para llevarse al niño.

La meiga arrimó la antorcha al punto del Sur. La piedra prendió y un círculo de fuego la rodeo a ella y al pequeño que apenas respiraba.

Sin dejar de mirar hacia el  Norte, levanto la rama de roble y apunto con ella hacia el lugar por donde esperaba ver aparecer a la muerte
La muerte acudió en busca de su presa a los pocos minutos.

Reclamó a la meiga que se lo entregara. La meiga la miro, sonrío y se negó, Sabia que si pasaba la hora, si el plazo de entrega vencía.

Dicen que la muerte no puede atravesar el fuego de un círculo y que la rama de roble usada como arma defensiva paraliza su fuerza.


Enzarzadas ambas en un desafío de palabras, amenazas y retos,
De pronto, la muerte interrumpió su tono agresivo, bajo la voz y casi susurrando pregunto:

¿Por qué eres tan hermosa?
La meiga no tardó en responder
“Porque en cada amanecer del solsticio de verano voy a la fuente para mojar mi rostro con la flor del agua- y casi sin pausa añadió- Puedo enseñarte cómo hacerlo”
“Podríamos hacer un trato. No me está permitido, pero si tú te detienes. Si  hasta el día del solsticio descansas y no te llevas a nadie en ese tiempo, te enseñare como debes recoger la flor de agua para ser hermosa”

Desde siempre la muerte ha querido se amada, deseada, respetada y aceptada como la druida. Y hermosa como ella.

Y acepto.

Y determinaron el lugar donde se encontrarían un poco antes de amanecer del día del solsticio de verano.

La enfermedad desapareció. Durante el tiempo convenido nadie más enfermó ni murió.
Y el día del solsticio la meiga acudió a su cita como había prometido.

Descubrió que la muerte se había adelantado y paseaba de un lado a otro frente a la fuente.

Al llegar a su altura la inquietud se volvió impaciencia. Antes de que pudiera preguntar nada la meiga se arrimo a la pileta de la fuente.

“La Flor del agua es –explico mientras levantaba la vista vigilando el cielo- el primer rayo de sol que se refleja en el agua. Has de ser muy rápida. Cuando nace, tienes que recogerla entre las manos y la levantarla sin dudar hacia tu cara.

Las dos se colocaron una junto a la otra apenas separadas por unos centímetros.

El sol apunto en el horizonte y sus primeros rayos alcanzaron la superficie del estanque y se reflejaron en el cómo en un espejo maravilloso.

La meiga sostuvo entre las palmas de sus manos la flor del agua y la levanto rociándose la cara con ella. Su rostro se iluminó intensamente y la piel adquiría la textura y la suavidad de una concha de nácar.

La muerte a su lado intentaba una y otra vez hacer lo mismo, pero fue imposible. Por más que lo intentó, no pudo recoger la luz entre sus oscuras manos.

La muerte no pudo apresar la flor del agua, porque la flor del agua es luz y la muerte es sombras y oscuridad.

No tenía nada que reclamar. La meiga  había cumplido su parte del trato.



Jul 29, 2016

El Crimen de la Balconada


Aquella semana que pasó el rey Pedro I en Compostela mientras se ultimaban los preparativos para trasladarse a Bayonne, en busca del apoyo inglés para su causa no se limitó a otorgar títulos, también indujo a la comisión de un horrible crimen que, años más tarde, sería transformado en leyenda, como suele suceder.


Regía en este tiempo, la sede catedralicia de Santiago, el arzobispo Suero Gómez, que con sus 30 años de edad fue uno de los prelados más jóvenes que la hayan gobernado. Cuando el rey llegó a las puertas de la ciudad, D. Suero Gómez salió a recibirlo con doscientos hombres a caballo, retirándose, al acabar, a su residencia en el castillo da Rocha Forte, mientras que el rey se alojaba en San Martiño Pinario. Allí celebró consejo con Fernando de Castro, Suero Yáñez de Parada, Mateo Fernández y Juan Dente, para tratar la manera de frenar a los afines a la causa de Enrique en Galicia, entre los que se encontraba Suero Gómez. Algunos hablaban de encarcelarlo, pero la mayoría prefería la opción de eliminarlo, decisión que finalmente fue adoptada, encargando tal tarea a Fernan Pérez Churruchao y Alonso Gómez Gallinato. Y para perpetrar tal acto citaron al arzobispo el día 25 del mes, que acudió acompañado del deán de la catedral Pedro Álvarez.

La elección de estos dos personajes no está muy clara, junto con su amistad por el monarca había un sentimiento de venganza en la familia Deza-Churruchao, a la que ambos pertenecían, contra las cabezas eclesiásticas que gobernaban la ciudad, que se remontaba a 1317, año en el que otro asesinato había conmocionado la ciudad prisciliana cuando la enemistad entre el pueblo y Alonso Suárez de Deza y el nuevo arzobispo Berenguel de Landoira se saldó con el asesinato del primero entre las murallas del castillo de la Rocha Forte.

En aquellos tiempos no existía la plaza del Obradoiro, sino que delante de la catedral se erguían un montón de chabolas con huertos que solían dar posada a los peregrinos que de toda Europa llegaban; en una de ellas se escondieron los dos sicarios y, en cuanto cruzó el prelado, lo acuchillaron sin piedad hasta la muerte, mientras el rey Pedro observaba, impasible, los hechos, desde las torres de la catedral. El deán, perseguido por Gómez Gallinato, logró esconderse en la catedral, pero fue acuchillado delante del altar mayor. Aunque los dos asesinos fueron excomulgados, aprovecharon para huir hacia Ponte Ucha entre el clamor popular mientras se daba sepultura al arzobispo en el Claustro Novo.

Sea como fuere, esta negra historia conocida en la ciudad compostelana, acabó derivando en leyendas sobre el crimen de la Balconada, que tras haber sucedido fue limpiada con sal y cerrada, aunque tal calle jamás existió. Se contó que en una ocasión un noble había solicitado audiencia ante el rey reclamando justicia contra un obispo enamorado de su hermana que mantenía cautivo al padre de los dos hermanos; la respuesta del rey fue clara: “mátalo allí donde lo encuentres”. El día de Santiago lo encontró en la calle de la Balconada y allí lo mató. Toda Compostela quedó conmocionada con el crimen, cerrando casas e iglesias, teniendo que desplazarse los feligreses al vecino pueblo de Conxo para escuchar misa, derivando de esta leyenda el dicho “Vaiche na misa de Conxo” para referirse a una pérdida de tiempo, tal y como lo tenían que perder aquellos que entre ir y volver andando hasta allí les pasaba el día.

Dando lugar a las tonadillas:
“Adeus rúa Nova fermosa, na rúa da Balconada mataron a un arcebispo e foi por una madama”.

“Preto da rúa do Villar, na rúa da Balconada, mataron al arcebispo, por celos de una madama


Jul 22, 2016

El Buey mugidor


En una laguna que hay en el lugar llamado Reirís, perteneciente al ayuntamiento de Santa Eugenia de Rivaira, dícese que fue sumergida una antigua ciudad. Varias leyendas se cuentan acerca de ella; una de ellas es la conocida por «O boi bruón>>, o sea <>, que hoy voy a relataros.

Algunas veces, al pasar cerca de la laguna del Carregal, pueden oírse los bramidos, más que mugidos, de un buey colosal que parece estar sumergido bajo las aguas; y aun se cuenta que en la superficie pueden verse unas burbujas como un ligero borbollar, como si al respirar el animal saliese a la superficie el aire expulsado por sus potentes pulmones.

A esta leyenda se refiere el licenciado Molina en su libro Descripción del Reino de Galicia, publicado el año 1550.

Se cuenta que, allá por tiempos muy remotos, había en aquel lugar un palacio real, y alrededor de él, las casitas de los siervos; y se llamaba aquella población la ciudad de Reirís.

Toda la gente quería mucho a la hija del rey, que era muy sabia, buena y hermosa. Ella ayudaba a los pobres y les daba de comer, no de las sobras de las comidas del palacio, sino de los mismos manjares que para las gentes del palacio se cocinaban. Y atendía y ayudaba a los enfermos; y enseñaba a los niños muchas cosas, como cuentos, adivinanzas y juegos.

El invierno era muy frío y de muchas nieblas y heladas; y un día de aquellos de muy crudo invierno, llegó al palacio del rey un moro muy bien portado, pero que iba aterido por el frío. Y la hija del rey se apiadó de él y le dijo que entrara y que se calentara al fuego de su chimenea, en la cual ardía una buena fogata de leña de roble. Y después le dio de comer y de beber.

Aquel moro se enamoró de la princesa y le dijo que quería casarse con ella porque, además de ser lindísima, tenía muy buen corazón. Pero el rey repuso que no quería nada con moros, que eran gentiles y mágicos, y que su hija se guardaba para un príncipe que fuese blanco y rubio como ella y que fuese también leal y valiente y supiese manejar la espada y la lanza, sin usar de ardides ruines ni de encantamientos.

Tomó muy a mal el moro esta respuesta; pero dijo que también quería saber lo que la princesita decía de todo aquello.

Y la princesita le replicó que una cosa era ayudar a quien lo precisara sin mirar quién era, y otra entregarse sin amor a un hombre que ni por la alcurnia, ni por la gentileza, era pana emparejarse con ella. Porque la verdad es que aquel moro ni siquiera era joven.

-¡Os ¿arrepentiréis! -bramó el moro irritado. Y con la misma se levantó y salió del Palacio.
Pero entonces empezó a temblar la tierra y el palacio a moverse como los árboles cuando sopla el viento fuerte; y toda la gente, horrorizada y llena de miedo, huía. Y en la pequeña ciudad también la gente huía empavorecida porque las casas se derrumbaban y las fuentes brotaban tan enorme caudal de agua, que corría por las calles como los grandes arroyos originados por las grandes lluvias de invierno.

Y el rey, al huir con su hija en un caballo, vio que el moro contemplaba, desde un peñasco que había en una altura del monte, toda aquella ruina, y se reía de todo aquel mal que había provocado como una burla cruel para vengarse de ellos. Y entonces el rey empuñó la espada y dirigió su caballo a todo galope hacia el moro, que, con el gozo de lo que veía, estaba despreocupado. Pero, cuando oyó el galopar del corcel, sintió miedo y pretendió huir; y, como ya no era joven, no podía correr y entonces se convirtió en toro; pero el rey con su caballo le fue atajando todas las vueltas e, impidiéndole las salidas, y le obligó air hacia la ciudad ya medio sumergida. Y la princesa, arrojando sus joyas a la laguna que iba cubriendo las ruinas de la ciudad, pidió ayuda a sus buenas hadas diciendo:

-¡Ayuda os pido, mis buenas hadas! ¡Que ese moro traidor y malvado no salga jamás de las ruinas y de las aguas que causó con su maldad y que pene para siempre en lo más hondo del lago !
EI moro, sin perder la figura de toro, fue sumergiéndose en el agua y empezó a dar grandes saltos para tratar de escapar; pero, en vez de salir afuera de la laguna, más y más se metía en ella hasta que, bramando de pavor, desapareció entre las aguas.

El rey, la princesa y la gente toda, que afortunadamente pudieron salvarse de aquella destrucción, se fueron de allí con sentimiento por los bienes perdidos, puesto que dejaban cuanto habían tenido.

Pero asentaron en otro lugar y pronto establecieron una nueva ciudad, aun cuando no se sabe con certeza cuál es de las villas que existen por los alrededores de la laguna.


Y, por lo que hemos narrado, dícese que se oye en ciertos días cómo sale de aquellas aguas el bramido del toro en ellas sumergido.


Jul 15, 2016

Leyenda del Rey Ramiro

 

Siendo califa de Córdoba Al Nasir, más amigo de la paz que de la guerra, quiso emplear una gran cantidad de dinero para rescatar los cautivos moros de Andalucía que pudieran tener los cristianos, y envió emisarios con tal objeto que, al mismo tiempo deberían procurar el sostenimiento de buenas relaciones en lo sucesivo.
Esos emisarios no hallaron prisioneros que pudieran ser rescatados, pero consiguieron que las relaciones con los mahometanos conocieran una etapa de tolerancia y buena voluntad.

Ramiro II, tenía su corte en León, que era entonces la capital por aquellos tiempos en que Galicia comprendía buena parte de Asturias, León, Zanora y parte de Portugal, le gustaba pasar algunas temporadas en el castillo de Salvatierra de Miño; y allí fue donde recibió la embajada de Al Nasir, en la cual venía el general moro Abelcadan.

Este Abelcadan, hombre gentil y amable que había llevado a la reina, esposa de don Ramiro, un rico presente de magníficas joyas, dejó grato recuerdo en el paracio real. Pero, viéndose obligado el rey Ramiro a salir, cuando volvió se encontró con la sorpresa de que su mujer no estaba en el castillo, porque la había llevado consigo el general moro.

Don Ramiro se encolerizó ante aquel hecho y se propuso castigarlo como merecía. Mandó llamar a su hijo Ordoño y reunió un pequeño ejército que embarco en dos naves bien armadas y tomaron rumbo a Porto Cale.
Cuando las naves llegaron a Foz, a la entrada del río, hizo cubrirlas con paños, y algunas grandes ramas de árboles para que no se notara que eran barcos de guerra. y después que las naves anclaron, el rey se vistió como moro y ocultó por bajo de las ropas su espada y el cuerno de señales y dijo a su hijo, habiendo hablado también con sus hombres de armas que cuando oyeran su cuerno todos le acudiesen; y que, entretanto fuesen subiendo silenciosamente por entre el arbolado que cubría el monte en cuya cima se erguía el castillo, y que estuviesen alerta por si fuese necesaria la lucha.

Don Ramiro desembarcó solo y fue a ocultarse cerca de una fuente que había cerca del castillo.
Una doncella que servía a la reina, se acercó a la fuente para coger un jarro de agua; y el rey Ramiro se levantó y fue a preguntarle si era ella del castillo de Abelcadan.

-Sí, soy -respondió ella.
-¿Y estará el general en su morada?
-En este momento no está; pero creo que no tardará en venir.
 Entonces don Ramiro rogó a la muchacha que le dejara  beber en el jarro. Y la doncella se lo ofreció; pero don Ramiro mientras bebía, echó dentro del jarro la mitad de un anillo que había partido con su mujer, sin que la sirviente se diese cuenta.

Y cuando la esposa del rey fue a echarse agua en las manos, vio asombrada aquella mitad del anillo que conocía y supuso que había sido el rey quien allí lo había metido.
Llamó entonces a la doncella y le preguntó:
-Hoy te has retrasado mucho en la fuenie, con quien has estado?
-Señora, no he estado con nadie
-¿Pues no has hablado con alguien? Dime la verdad que es cosa que me interesa mucho; si eres fiel, he de hacerte un buen regalo.

Entonces la muchacha le dijo:
-Señora, es cierto. Encontré allí un moro que me pidió que le diera de beber, y bebió en el jarro. Y nada más.
-Pues ve a ver si todavía está allí ese moro, y si le ves, dile….no; que venga contigo aquí, que quiero hablar con él.
Volvió a la fuente y halló al moro, que estaba allí cerca, sentado junto a una peña. Y le dijo ella que la señora le quería hablar y que fuese con ella al castillo.
Don Ramiro se levantó y la siguió y, cuando llegaron al palacio, la reina le conoció en seguida; pero luego que el rey Ramiro estuvo a su lado, sin dar muestra alguna de alegría, ni menos de amor, le preguntó:
-¿Cómo has sabido que estaba aquí? ¿Quién te ha traído?
-Tu amor -respondió él.
-¿No tienes miedo de venir ti solo? ¡Vienes a morir!
-Todos tenemos que morir algún día -dijo el rey.

Luego la reina llamó a la doncella y le ordenó que condujera a aquel hombre a una cámara; pero encargándole que no le diera nada de comer ni de beber. Pero la doncella, apiadándose de él, le llevó alguna cosa de comer y beber.

Y cuando llegó Abelcadan, le sirviéron la comida a éI y a la esposa de don Ramiro; y mientras comían, ella le díjo a su amante:
-Oh, amor mío, esta noche tuve un sueño extraño: soñé que el rey Ramiro, mi esposo, estaba aquí. Si tú le tuvieras en este castillo, ¿qué le harías?
-Yo le haría lo que él me haría a mí si me tuviera en sus manos: Le daría la muerte.
Entonces la reina llamó a la doncella y le ordenó que llevara a su presencia aquel moro que estaba cerrado en la cámara, según ella le había dicho; y fue la doncella y trajo al rey Ramiro. Y Abelcadan preguntó a este:
-¿Eres tú el rey Ramiro?
-Sí, soy el rey Ramiro.
-¿Y qué has venido a hacer aquí?
-Vengo en busca de mi mujer, que tú has traído contigo traidoramente, aprovechando mi estancia en León, porque te has presentado en mi palacio como emisario de Al Nasir, para tratar de paz y de tregua, y así has sido tratado; y yo me he confiado en ti.

Pero, Abelcadan, sin otra cosa, le dijo:
-Pues has venido a morir; pero me gustaría saber qué clase de muerte me darías a mí si me tuvieras en Salvatierra, como yo te tengo aquí ahora.
A lo que respondió don Ramiro:
-Yo te daría un capón asado y una torta dulce, y también te daría una copa bien llena de vino para que bebieses; después abriría todas las puertas de mi castillo y llamaria a todas las gentes para que vinieran a ver cómo morías ; y tú subirías a lo alto de la torre y junto a las almenas soplarías en el cuerno hasta que cayeras muerto sin aliento para nada más.
-Pues esa muerte voy a darte yo -dijo el jefe moro.

Y ordenó que se abrieran todas las puertas del castillo y que entraran en los patios todos cuantos quisieran ver la muerte del rey Ramiro. E hizo subir a este hasta lo alto de la torre y que le dieran de comer y de beber como él había dicho, y después el rey Ramiro, al pie de las almenas, empezó a soplar en su cuerno, llamando a su gente para que le acudiesen.

Cuando el hijo y sus gentes de armas oyeron el cuerno, corrieron al castillo y, cogiendo a los moros desarmados, hicieron en ellos gran mortandad. El rey don Ramiro descendió de la torre con su espada en la mano y, encontrando en su camino a Abelcadan, de un fuerte tajo lo degolló; y en seguida, poniéndose al frente de los suyos, corrieron toda la villa de Gaia, no quedando un moro vivo de cuantos allí se hallaban, y derribaron el castillo sin dejar piedra sobre piedra

Después el rey cogió a su mujer y a todas sus doncellas y las riquezas que allí pudo hallar y se fueron todos para las naves que tenían ancladas en el río Duero.

E hicieron a bordo una gran fiesta; y luego, como don Ramiro estaba muy cansado, quiso acostarse un poco y apoyo la cabeza en el regazo de la reina. Y la reina, cuando él se adormeció, se echó a llorar; y sus lágrimas le caian al rey Ramiro sobre el rostro y le despertaron. Y al ver que su mujer lloraba tanto, le preguntó por qué lloraba.
-Lloro -dijo ella- por el buen moro que has matado.
El hijo del rey, Ordoño,que estaba cerca de su padre, al oír aquellas palabras, exclamó:
-Padre, tenemos el diablo a bordo de la nave y no debemos llevarlo con nosotros.

Entonces el rey don Ramiro tomó una gran piedra que había en la nao y, amarrándola con una cuerda al cuello de su mujer hizo que la tirasen al agua.

Una vez llegados a Salvatierra, el rey don Ramiro reunió a toda su corte y contó cuanto le había sucedido; y después bautizó a la doncella que le había atendido cuando fue en busca de su desleal esposa y le puso de nombre Aldart, y se casó con ella.



Jul 7, 2016

La Torre de Breogán



Me he referido ya a la fundación de La Coruña según la leyenda de Hércules y Gerión. Pero hoy voy a relatar la que se relaciona con la antiquísima torre de Breogán, que es muy anterior a la de Hércules y posiblemente, más auténtica.

Breogán fue un poderoso jefe de una de aquellas tribus de los celtas a quienes llamaban ártabros los latinos, que designaron también con el nombre de Portus Magnus Artabrorum al hoy puerto de La Coruña, como también llamaron Brigantium a esta ciudad.

La ciudad estaba situada en una pequeña isla, hoy unida al territorio por la parte moderna construida sobre el istmo de arena, y en ella gobernaba Breogán. Las pequeñas barcas de mimbre recubiertas de cuero se abrigaban en la pequeña ensenada de San Amaro.

Cerca de allí, en una de las orillas de la costa que forma una colina de poca altura, Breogán hizo construir una gran torre en la parte de la isla más próxima al mar abierto. Aquella torre podría servir de guía a los navegantes. Podría, también, encendiendo en su elevada plataforma una gran hoguera, transmitir a grandes distancias durante la noche ciertas señales, como, por ejemplo, la arribada de aquellas grandes naves de los comerciantes fenicios que venían a comerciar con los habitantes de la Galicia; una orden de reunión, un peligro que amenazaba, o cosa parecida, de utilidad para las citanias de las proximidades.

Una tarde de otoño, cuando la atmósfera es clara y transparente, Ith, el hijo de Breogán, subió a lo alto de la torre y desde allí oteó el horizonte. En la lejanía del mar, allá en los confines donde parece que se juntan las aguas con el cielo, le pareció divisar entre las brumas de la distancia otra tierra desconocida. El deseo de saber lo que habría en aquel lugar hasta entonces ignorado hizo nacer en su imaginación la idea de una apasionante aventura.

Pidió consentimiento a su padre para organizar una expedición y lo consiguió. Tal vez al otro lado del mar hubiese piedras que pudieran trabajarse para fabricar armas y herramientas; o el precioso metal amarillo con el cual se labraban preciosas joyas; quizá riquísimas frutas o semillas parecidas a la cebada o el centeno, u otras útiles para la alimentación o el vestido; maderas, lino para sus ropas, otros animales, otras gentes con quienes comerciar...

La expedición se realizó. Antes de la partida, Breogán recomendó a su hijo que hiciera el viaje montado en su caballo, sin apearse de él hasta que llegara; sólo así podría tener la certeza de volver a su tierra con facilidad.

Y de esta manera fue como los celtas de Galicia llevaron a Irlanda su civilización. Por esto se encuentran en Irlanda las mismas citanias o castros de casas circulares, iguales a las de nuestro
país, y las preciosas torques de oro, emblema de los jefes, y semejantes nombres de ríos y lugares; y hasta la misma gaita, con parecidos temas musicales.

Esta leyenda de Breogán, o Bregór, y su torre, situada en la antigua Brigantium, existe también en Irlanda. Pero, ¿es solamente una leyenda?


En la peña del polvorín de Monte Alto, próxima a la torre, hay representado un grupo de hombres, mujeres y quizá niños o gentes del pueblo, en forma esquemática de cruces; algunas de estas cruces están dentro de círculos, ¿navíos? Y hay un hombre a caballo, ¿Ith, cuando va a embarcarse para la expedición? Desde luego, que aquello algo representa o algo recuerda a perpetuidad. La peña del polvorín es un monumento histórico, indudablemente.



Jul 1, 2016

Nuestra Señora del Portal

Cuando allá por los años primeros del siglo XIV se dio comienzo a la construcción del monasterio de Belvís, encontraron los obreros entre los cimientos de un muro que derribaban una imagen de la Santísima Virgen con su hijo en brazos, admirablemente tallada en piedra, de esbelta y graciosa figura y rostro tan venerable, que infundía en las almas un gran respeto y mucho amor; y parecía que solicitaba una oración de sus devotos.

Aquellas cristianas gentes guardaron con interés la imagen de la Virgen que Dios les había ofrecido -pues hay razones bastantes para creerlo así- y, más adelante, quisieron ponerla, para su mayor gloria y alabanza, en el mismo lugar en donde la habían hallado, sobre el portal que todavía hoy existe.

Para perdurable recuerdo de tan famoso hallazgo, pusieron al monasterio el nombre de Santa María de Belvís.
Y quiso Dios que la devoción santiaguesa posara sus miradas en aquella santa imagen y fuese a buscar a su lado el remedio para sus aflicciones y la tranquilidad para su espíritu.

La Santísima Virgen prestó consuelo a los corazones huérfanos, tuvo bálsamos para las heridas de los enfermos, fue con frecuencia cobijo de todas las desgracias y su bondad se derramó acariciadora y caritativa, sobre las almas devotas.

La fama de la Virgen de Belvís se fue extendiendo por toda la ciudad y era mucha la gente que iba a postrarse a sus plantas, ansiosa de sus favores.

Era entonces rector de la iglesia de San Félix de Lovio, la más antigua de Santiago, cerca de la cual se erguía el palacio del conde de Altamira, un sacerdote ejemplar como los verdaderos cristianos, de santa vida y buenos sentimientos. Desde su iglesia, un día percibió en la oscuridad de la noche, al pie del monasterio de Santa María de Belvís, unas luces que jamás había visto y que le llamaron la atención. Quizá este hecho pasara inadvertido para otras gentes si a las noches siguientes no volviera a verlas en el mismo lugar en que las había observado por primera vez. Y cuando, curioso, fue a averiguar la causa de aquellas luces extrañas, que brillaban claras y resplandecientes entre los muros ensombrecidos del monasterio, comprobó con asombro que por la noche llegaba allí un invisible ser que ponía junto a la Virgen unas candelas encendidas que al amanecer desaparecían sin que nadie supiera qué mano misteriosa las llevaba.

Corrió esta noticia por el pueblo y la devoción a la Virgen aumentó de tal manera, que bien pudiera decirse que todos los santiagueses la llevaban enraizada en el secreto de su corazón: y todos acudían a Ella pidiendo salud para el cuerpo y consuelo para sus espíritus.

Entonces los hechos portentosos se multiplicaron y de tal manera y tan abundantes fueron los milagros realizados por la famosa Virgen, que el portal que le servía de capilla, y el altar se llenaron de exvotos con que los fieles testimoniaban su agradecimiento a las milagrosas virtudes de la Santa Madre de Dios Nuestro Señor.

Y el huerto del convento se veía continuamente lleno por las gentes devotas compostelanas, que iban a postrarse ante la imagen divina para ofrecerle sus creaciones como pago de un bien recibido o para solicitar un nuevo favor. Llegó a ser tan grande la popularidad de aquella imagen, que las buenas monjas, atentas a la mayor gloria de su querida Virgen, creyendo que el pequeño recinto del portal donde estaba no era el más apropiado, acordaron trasladarla a la iglesia del monasterio; y así lo hicieron, con la solemnidad que merecía por sus milagros y la cantidad de sus fieles.

Pero al día siguiente, cuando fueron a abrir la iglesia, Ia santa imagen de la Virgen había desaparecido del altar en donde la colocaran y se hallaba nuevamente en el portalito, como si prefiriese la sencilla pobreza del huerto a la solemne suntuosidad de la morada de Dios.

Volvieron de nuevo a llevarla a la iglesia, y otra vez volvió a aparecer prodigiosamente en el lugar que ella prefería: en su portal, bajo el dosel del cielo, acariciada por la débil claridad de las estrellas de la noche, radiante de luz y de bondad cuando los rayos del sol la cubrían como un manto de espejeantes caricias.

La noticia de este milagro se extendió rápidamente por la ciudad de Santiago, pues el significado bien claro estaba para todas las inteligencias, aun para aquellas más negadas o incrédulas. La santa voluntad de Dios era manifiesta y la lección recibida fácil de comprender. De esta manera quiso Dios, Padre y Maestro, manifestar cómo deseaba que su Madre fuese de allí en adelante loada y reverenciada con el nombre sencillo y humilde de Nuestra Señora del Portal, para que las gentes supieran en dónde pueden hallar su abrigo y su cobijo, pues a todos puede convenirles y todos lo precisan, tanto los ricos como los pobres, los grandes como los pequeños, siempre que con humildad se acerquen a ella para rogarle apoyo, protección y socorro para sus tristezas y enfermedades.

Esta es la advocación y origen de la Virgen del Portal.

Pero en el año 1.693, después de trescientos ochenta y uno que llevaba venerándose en el portal, los santiagueses quisieron pagar de alguna manera la deuda de gratitud que le debían y la ciudad entera la aclamó como Virgen milagrosa; y ya que las necesidades del culto lo requerían, la Santísima Virgen consintió esta vez en que la llevaran de su querido portalito a la capilla que junto a la iglesia del monasterio le erigieron, construida exclusivamente con las limosnas aportadas por los devotos.


Jun 23, 2016

La Cueva de los Encantos


El día de San Juan es muy importante en nuestra tierra. Como lo es también en muchos otros países. En todas partes, los romances recuerdan el día tan señalado;

Día de san Juan alegre,
niña, vete a lavar:
pillarás agua del pájaro
antes de que el sol raye;
irás en el amanecer del día
a recoger agua fresca
el agua del pajarito
que la salud te ha de dar...

Otro romance dice también:

Madrugada de San Juan,
La madrugada más garrida,
que baila el sol cuando nace
y ríe cuando muere el día.
¿Dónde va, Nuestra Señora,
dónde va, santa Maria?
Va hacia la orilla del mar,
va hacia la orilla de Ia ría...

Pero también hay ciertos ritos en las costumbres de nuestras gentes, como son la celebración de las hogueras nocturnas de la víspera; las hierbas santas con las cuales se adornan las puertas y ventanas de las casas rurales; el lavarse con el agua dejada a serenar durante Ia noche con las hierbas de san Juan; o el bañarse en el mar a media noche para recibir las nueve ondas, o sumergirse en el río nueve veces para purificar el cuerpo librándose de pecado.

Hay también ciertos acontecimientos que suceden precisamente aquel día'. Y uno de ellos es el que se refiere a la Cueva de los Encantos o Cueva de la Doncella que hay cerca de la villa de Vivero, en la provincia de Lugo. Y se hacen en ellas buenas romerías todavía en nuestros días.

Este Coto tiene algunas leyendas. Dícese que están enterradas bajo tierra dos vigas que fueron de la capilla, una de oro y otra de plata. Y también que hay escondidas dos arcas, una llena de oro y otra que contiene veneno. El oro y el veneno llegan para hacer ricos o para matar a seis parroquias enteras.

No sé bien lo que tendrá que ver una historia con la otra; pero cuentan también los ancianos que en este castro había una cueva donde estaban encantadas algunas mujeres. Una vez, un mozo de estos lugares caminaba por aquellos andurriales cuando en la entrada de la cueva que allí había, vio a una hermosísima doncella. Ante ella tenía una tienda con cosas para vender Él se acercó a mirar y la joven le pidió que le comprara lo que más le gustara.

-Lo que más me gusta -dijo él- son estas tijeras.
-Pues llévatelas -respondió enojada, porque no se había fijado en ella-, y que se te claven en los ojos.

Al mismo tiempo en que el mozo les echaba la mano, las tijeras le saltaron a los ojos y lo dejaron ciego.
Poco tiempo después, otro mozo tuvo que pasar por allí. Atraído también por la novedad, se acercó a ella, y se quedó mirándola como pasmado. La doncella era muy hermosa. Tenía unos ojos oscurísimos y bellos y unos labios rojos y codiciables. Los cabellos negrísimos hasta la cintura y joyas preciosas rodeaban su cuello y ceñian sus brazos. El muchacho no se cansaba de mirarla. Era tan terriblemente hermosa, que se sentía hechizado, incapaz de moverse. Pero él era también un garboso joven, y ella le miraba dulcemente a los ojos brillantes.










-Cómprame lo que más te guste, hombre.
Él se fijaba en la boca, que mostraba unos dientes perfectos al hablar. Sintió que la deseaba ardientemente.
-Lo que más me gusta es la tendera -dijo atreviéndose.
Ella no se ofendió. En cambio le habló amablemente:
-Pero yo no puedo ser par a ti, porque estoy encantada. Si tú fueses valiente podrías desencantarme.
-¿Que no soy valiente?... Dime, mujer, y verás...
-¡Mira que vas a tener miedo!
-¿Miedo yo?… cualquier cosa sería capaz de hacer para tenerte por mía.

Ella le miró con sus bellos ojos, pensativa; luego dijo:
-Podemos probar... Yo me convertiré en una gran serpiente con una boca enorme y trataré de morderte. He de lanzarme contra ti' ¡ten cuidado!... sólo tienes que cogerme el extremo de la cola y darme un beso en la punta. Sólo de ésta manera se romperá el encanto y casaré contigo.

Al mismo tiempo, en lugar de la hermosa doncella apareció una horrible y monstruosa serpiente con la boca abierta. El mozo dio un salto hacia un lado, rodeándola con maña, y cogiéndole rápidamente la cola, la besó en la punta. Le dio el beso sin la menor repugnancia, pues sabía que todo era debido al encanto de la doncella que le robara el corazón. Al darle el beso, la serpiente desapareció; y tenía ante él la hermosa mujer de la cueva, ya desencantada.


Cogieron algunos tesoros de la cueva, se casaron y vivieron dichosos.